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Entre curva y curva (reflexiones de un viajante)

Relatos

Juanito y la excursión

Juanito se bajó del coche emocionado. Había ido con sus papis, sus titos y sus primos a hacer senderismo. Su papi le había comprado un bastón de caminante muy chulo para que se apoyara y le sirviera de ayuda a la hora de pasar por sitios difíciles. Después de un rato andando llegaron a un cortijo lleno de cabras y allí, junto al caminito, había dos chivitos casi recién nacidos con unas caritas muy graciosas.

Vio unos pájaros negros que perseguían a un buitre cada vez que se acercaba a las rocas donde estaban ellos posados. Había muchas montañas y para no perderse tenían que estar atentos a unos postes de madera con unas flechas que indicaban el camino.

Cuando empezó a sentirse cansado y tras un rato de insistir, se pararon a comer unos bocadillos que llevaban los mayores en las mochilas.

Pero lo que más le impresionó fue pasar junto a unas vacas que estaban pastando en el campo y que le daban un poco de susto.

Luego anduvieron y anduvieron y Juanito cada vez estaba más cansado por lo que su tito y su papi lo cogieron en cucu un ratito. Al final de la tarde pasaron por un riachuelo muy bonito y llegaron a un pueblo pequeñito en el que estaba el coche de sus papis.

Subieron a otro bosque donde estuvieron comiendo algo en un merendero y después se fueron a casa cansados pero contentos por lo bien que se lo habían pasado.

Por la mañana Juanito llamó a su padre y entre bostezos le dijo que tenía  ganas de tener más aventuras. Que el próximo sábado quería ir a un castillo.

La reluciente caja metálica.

Ésta es la extraña historia de un hombre extraño.

No me preguntéis ni cómo ni por qué, pero todas las mañanas al levantarse, cogía su "reluciente caja metálica", abría una mirilla, acercaba el ojo derecho y miraba dentro. ¿Pero qué veía? Pues todo. Sólo tenía que pensar en algún lugar o en alguna persona, nombrarla y lo veía. Día tras día repetía la misma operación y se estaba así, solo, contemplando el mundo a través de su "reluciente caja metálica" hasta que se hacía de noche y se acostaba. Únicamente se separaba de ella para comer algo que alguien le pasaba por un torno ubicado en los bajos de su puerta (nunca comprendió por qué, ni le importaba).

No recordaba desde cuando estaba allí, ni tan siquiera que edad tenía. Sólo recordaba que su nombre era Arturo y que en otra época fue empleado de banca.

Uno de esos días, estando contemplando “su mundo” se le ocurrió la idea de que podría ser interesante verse a uno mismo. Pero al momento se lo pensó mejor.

-   ¡Qué tontería! ¡Si yo me veo todos los días en el espejo!

Pero mientras más rato pasaba más interesante le parecía la idea de verse a si mismo, hasta que ya ansioso no se lo pensó más.

    -   ¡Está bien! Venga, quiero verme.

De repente se hizo la oscuridad en su "reluciente caja metálica" y no conseguía ver nada. Poco a poco la oscuridad dio paso a una espesa bruma grisácea, que al final cedió y por fin pudo verse.                                                                                                                                       

-   ¿Pero qué es esto? ¿Quién es ese? ¡No puede ser!

Arturo, horrorizado, se apartó bruscamente y empujó con fuerza "la reluciente caja metálica" que, ante tal empujón se rompió contra el suelo. Se puso a dar vueltas por la habitación como un poseso sin acabar de creer lo que había visto.

-   ¡Ese no puedo ser yo! ¡Yo estoy bien!

Entonces, súbitamente, recordó. Recordó las risas de sus hijos. Recordó la tibia piel de su esposa. Recordó aquel oscuro camión en aquella fría madrugada. Se dio cuenta de la farsa en la que estaba viviendo y que ahora que lo veía todo con ojos nuevos, no tenía ni pies ni cabeza.

Quiso entonces huir de allí y corrió hacia la puerta. Intentó abrirla y no pudo. Lo intentó con todas sus fuerzas, y no pudo. Impotente, se echó a llorar desconsoladamente en un rincón. De repente y por primera vez en mucho tiempo sintió miedo. Mucho miedo. Miedo a no volver a ver a sus pequeños. Miedo a no volver a sentir los abrazos de su amada. Miedo a quedarse allí para siempre encerrado con aquella estúpida y "reluciente caja metálica" que para colmo de males ahora se encontraba hecha pedazos en el suelo. El miedo se convirtió en ira. La ira en desesperación y la desesperación en locura, que le hizo abalanzarse de nuevo hacia la puerta  gritando con la intención de echarla abajo……….

 

-   ¡Doctor! ¡doctor corra! ¡a abierto los ojos!

La zambomba

Juanito, sorprendido,  levantó los brazos y cogió el regalo que su padre le traía de su viaje.

- ¡Parece una maceta con plumas! Pensó.

Era en efecto una vasija de barro con una tapa de una especie de tela y un palo con plumas salía de dentro por esa tapadera.

-¿Qué es esto papi? Preguntó curioso.

- Es un instrumento musical

-¡Ya sé, es un tambor!

- No hijo, es una zambomba.

A Juanito le hizo gracia el nombre, pero más gracia le hizo el sonido que hacía cuando su padre empezó a subir y bajar la mano por aquel palo.

-¡Parece una pedorreta! Ja, ja.

-¡Déjame a mí papi!

-Venga dale un poquito, ¡pero con cuidado!

Juanito frotó su mano por el palo y aunque al principio la zambomba se resistió, al final volvió a hacer ese extraño sonido.

-¡Venga Juan vamos ha guardarla ya! Vamos a ponerla aquí arriba hasta que llegue la Navidad.

A Juanito no le había quedado muy claro como aquella “tamborba” podía servir para hacer música, pero lo que sí sabía es que había que esperar para volver a cogerla a que llegara esa señora que su papi decía que se llamaba Navidad.